CONCLUSIÓN

 

Imaginemos una España en la que la línea aérea de bandera se llame Spanish Airlines y en sus vuelos, la carta de comidas y bebidas esté solo en inglés; el aeropuerto internacional de la capital se llame Madrid Airport, la publicidad comercial en todo el recinto aeroportuario esté solo en inglés, y la señalización interna del aeropuerto también esté solo en inglés salvo algunas excepciones; en las ciudades los paneles publicitarios estén, o solo en inglés o mitad en inglés y mitad en español; los nombres de las tiendas, tabernas y otros establecimientos comerciales sean ingleses, el tendero o camarero atienda al cliente en inglés y este responda en inglés aún siendo los dos españoles; los jóvenes envíen a sus frends invitaciones a drinks o partis en pabs, se paseen con camisetas estampadas con palabras inglesas, y su jerga contenga un 20% de anglicismos; en la televisión, los anuncios publicitarios estén solo en inglés o mitad en inglés y mitad en español; tres cuartas partes de las películas que se proyectan en los cines y en la televisión sean estadounidenses, no se traduzca su título y contengan anglicismos crudos o estén solo en versión original; se multipliquen en televisión los programas de elevada audiencia con nombre inglés;  los músicos den nombres ingleses a sus grupos, compongan y canten en inglés; la mayor parte de la música que se ofrezca por las emisoras de radio sea anglosajona; en cada periódico haya entre 150 y 300 anglicismos crudos y otros tantos errores de traducción del inglés; alguna ley se publique en el Boletín Oficial del Estado en inglés y oficinas de atención al público como Correos tengan ventanillas con rótulos en inglés; los estudiantes de algunas carreras universitarias tengan que aprender enormes cantidades de vocabulario en inglés porque no existe equivalente en español; gran parte de las titulaciones universitarias y todos los posgrados de las universidades se den en inglés; los científicos españoles escriban sus artículos en inglés, y cuando hablen o escriban en español abunden los anglicismos crudos en sus discursos; la mayoría de los puestos de trabajo y las profesiones tengan nombre inglés; las ciberpáginas de las grandes empresas estén solo en inglés, las reuniones de sus consejos de administración se celebren en inglés, las comunicaciones internas se realicen en inglés y el informe anual se escriba en inglés; los diplomáticos o funcionarios españoles en organizaciones internacionales intervengan en inglés en sus reuniones multilingües, aunque el español sea lengua oficial y haya servicio de interpretación simultánea; los políticos o los funcionarios de la administración del Estado empleen a menudo anglicismos en sus discursos; en el Congreso de los Diputados se proponga que el bachillerato se enseñe íntegramente en inglés y al mismo tiempo se aprueben leyes de defensa del idioma; ciudadanos indignados porque no entienden los periódicos del país y por la omnipresencia de la lengua inglesa en España se agrupen en asociaciones de defensa de la lengua española, escriban manifiestos y cartas a políticos, a la RAE, al Gobierno de la nación y al Parlamento; se incorporen anualmente unos cien anglicismos al diccionario de la lengua española; la presión del inglés afecte también a los niños por medio de la publicidad en carpetas, mochilas y cuadernos, y los lemas turísticos publicitarios de algunos ayuntamientos estén en inglés. En tal caso, cabría hacerse varias preguntas: ¿En qué país vivimos? Si el inglés es tan útil y necesario, ¿por qué no sustituir la lengua española por la inglesa y decretar que la enseñanza primaria, secundaria y universitaria y la de la Administración del Estado sea el inglés?

 

Lo anterior es una mezcla de lo que sucede en las lenguas estudiadas. ¿Es eso lo que queremos en España? Creo que ningún español diría que sí públicamente y, afortunadamente, no es esa la situación actual en nuestro país aunque parte de lo leído más arriba sea ya una realidad en ciertos ámbitos, y todo parezca indicar que vamos de camino hacia ese futuro. En todo caso, cabe hacerse una pregunta: ¿cómo se ha llegado a una situación así en Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos, Canadá y Rusia y qué podemos hacer para evitar que pase lo mismo en España?

 

La importación lingüística es un fenómeno habitual en la historia de las lenguas y nadie lo discute. En el pasado se importaban extranjerismos para dar nombre a nuevas ideas o nuevos objetos. En casos excepcionales, se empleaban extranjerismos por razones estéticas. Los importadores eran principalmente intelectuales.

 

Hoy día se discute lo que se debe o lo que no se debe importar, y cuánto se puede importar. Gracias a los medios de comunicación de masas y a Internet, cualquier persona puede importar una palabra de una lengua a otra, y el léxico más importado es el de la lengua inglesa. El inglés ha influido prácticamente sobre todas las lenguas del mundo, y gracias a la superioridad de la primera potencia del mundo sobre todos los demás países en casi todos los ámbitos de la vida, se importan anglicismos de todo tipo, necesarios e innecesarios. Nunca antes se habían empleado en un solo ejemplar de un periódico de calidad que leerán cientos de miles de personas 300 anglicismos crudos diarios como sucede en Italia. Además, cualquier ámbito de las lenguas nacionales es susceptible de contener anglicismos, puesto que cualquier anglicismo puede ser importado, ya que el inglés es la lengua modelo en todos los ámbitos, y de ella se nutren casi todos los productores de información escrita y oral. Sin embargo, la lógica nos dice que lo importado debería ser lo nuevo, las palabras que designan nuevos conceptos o nuevos objetos, y que la importación léxica debería restringirse principalmente a ciertos ámbitos como la ciencia, y la tecnología,pero la práctica muestra que se importa cualquier término, necesario o innecesario por razones muy diversas. Por consiguiente, podemos afirmar que la exportación léxica del inglés a otras lenguas en nuestra época no tiene precedentes en la historia de la humanidad, por su extensión geográfica, por la variedad de los transmisores de anglicismos, y porque se puede importar cualquier palabra que esté en el diccionario de la lengua inglesa, y no solo las que corresponden a nuevas ideas o nuevos inventos aunque existan equivalentes en la lengua receptora. Existe, pues, en nuestros días y desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un mercado lingüístico desregulado y anárquico en el que cualquiera puede ser importador, y puede importar lo que quiera. Además, las autoridades lingüísticas reguladoras se han mostrado impotentes para detener la avalancha de palabras inglesas innecesarias que han entrado en sus idiomas y diccionarios de uso. Algunas ni siquiera lo han intentado.

 

En nuestra opinión el factor clave que explica la importación masiva de anglicismos innecesarios es la guerra: en primer lugar, la guerra entre Francia e Inglaterra por el dominio de Canadá, y en segundo lugar, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. La importación lingüística del inglés a gran escala en los países donde se hablan las lenguas estudiadas es consecuencia directa de la victoria de un país de lengua inglesa en esas tres guerras: el Reino Unido primero, y Estados Unidos después.

 

Es cierto que las cuatro lenguas habían importado anteriormente del inglés como hemos visto en cada capítulo, pero había sido una importación lógica, reducida y ordenada, y los préstamos habían sido adaptados al genio de la lengua receptora. No sucedió lo mismo después. En Francia, Bélgica, Países Bajos e Italia el fenómeno de importación léxica a gran escala empezó después de la Segunda Guerra Mundial con la llegada de las tropas liberadoras aliadas encabezadas por Estados Unidos, que trajeron consigo su modo de vida, su sistema de valores, su cine, la información de sus agencias de noticias y sus artículos de consumo; en Québec sucedió mucho antes, tras la guerra entre Francia e Inglaterra en la que venció el segundo país. Al dominio de la lengua inglesa contribuyó la situación geográfica de Québec, un enclave de lengua francesa rodeado de un país de lengua inglesa que además tenía como vecino al país más importante del mundo, también de lengua inglesa; en Rusia coincidió con la derrota en la Guerra Fría durante la década de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado y fue estimulado por la reforma y apertura a Occidente de Gorbachov, el último presidente de la Unión Soviética, y la desaparición de este país en 1991, que vino acompañada del deseo de democracia y prosperidad de gran parte de la población que identificaba sus anhelos de libertad y prosperidad con un país: Estados Unidos. El punto común de todos esos comienzos es la victoria y la ocupación. Tropas estadounidenses liberaron Francia, Bélgica, Países Bajos e Italia después de la Segunda Guerra Mundial y EE. UU. comenzó a exportar a esos países todo tipo de bienes de consumo y turistas, a extender su influencia y a ocupar parcelas de soberanía lingüística con parte de su vocabulario, o íntegramente con su lengua. La Unión Soviética fue derrotada en la Guerra Fría y desapareció en 1991. Durante la década de los ochenta del siglo XX ya habían entrado en la lengua rusa gran cantidad de anglicismos pero en ese momento entra de golpe todo lo que en otros países había sido importado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ya que se produjeron enormes cambios como consecuencia de la modificación del sistema político y económico de Rusia. Se introdujo la economía de mercado, desapareció la censura y aparecieron nuevas profesiones, se desarrolló la publicidad, se intensificaron los contactos con el extranjero, etc. Esta época coincidió además con la aparición de la informática y con la necesidad de introducir conceptos y terminología necesaria inexistente hasta entonces en lengua rusa. En Canadá, el fenómeno empezó mucho antes con el Tratado de París de 1763 por el que Francia cede grandes territorios en Canadá a Inglaterra, y el inglés se convierte en lengua oficial sustituyendo al francés.

 

En este momento, la mayor parte de los nuevos objetos e ideas que se producen en el mundo provienen de Estados Unidos, país de lengua inglesa. Sin embargo, solo una ínfima parte de los anglicismos crudos introducidos en las lenguas analizadas ha sido importada por necesidad de denominar un nuevo objeto o idea y, aún así, muchos de ellos se podrían traducir y, de hecho, se traducen en algunas lenguas, mientras que en otras, no. Otra diferencia más frente a la situación anterior es la diversidad de causas que provocan la importación léxica y la anglización de las sociedades y las lenguas estudiadas. Las causas varían según la lengua, pero la mayor parte son comunes a todas ellas: la primera, como hemos visto, es la necesidad de dar nombre a nuevos objetos e ideas. Las demás pueden dividirse según dos criterios: en primer lugar, pueden ser involuntarias, y en segundo lugar, voluntarias. Estas últimas se pueden subdividir en económicas, psicológicas, sociológicas, políticas, estéticas y lingüísticas. Por consiguiente, podemos afirmar que las causas de la importación de anglicismos crudos son numerosas y mucho más variadas que en otras importaciones lingüísticas anteriores, cuando las razones eran de necesidad (llenar un vacío en la lengua receptora) y, parcialmente, estéticas.

 

Las causas involuntarias tienen mucho que ver con el hecho de que hoy, al contrario que en el pasado, muchos profesionales de los ámbitos más diversos como periodistas, científicos, diplomáticos, publicistas, deportistas, etc, están en contacto diario con la lengua inglesa, y se ven obligados a difundir un mensaje original inglés en su lengua nacional. Sin embargo, la mayoría de esos profesionales no tiene formación de traductor. Una consecuencia de esa ausencia de formación en traducción es que no se traduce por incapacidad, o se traduce incorrectamente, y se importa cualquier tipo de anglicismo crudo. Otra consecuencia es que se expulsan del uso términos castizos y se empobrecen las lenguas nacionales. Una vez arraigado el error, es muy difícil corregirlo, aunque se haya hecho en ciertos casos concretos.

 

Como hemos dicho, las causas voluntarias son muy diversas. Existen causas políticas que se explican por la voluntad de Estados Unidos y el Reino Unido de extender universalmente su lengua, y que están íntimamente relacionadas con las causas económicas. Desde el final de la Primera Guerra Mundial, EE. UU. ha aspirado a imponer su lengua en el mundo. La lengua inglesa consiguió el estatuto de lengua de la diplomacia en 1918 durante la Conferencia de Versalles posterior a la Primera Guerra Mundial cuando EE. UU. se opuso a que los debates fueran solo en francés. Hasta entonces, la lengua de la diplomacia internacional era la lengua francesa. Desde entonces, poco a poco el inglés se ha convertido en la primera lengua de la diplomacia, e incluso en las organizaciones internacionales que tienen servicio de interpretación simultánea, todas las reuniones oficiosas se celebran en inglés, las comunicaciones internas se efectúan en inglés, y la edición de documentos también. Otra forma de extender la lengua inglesa es por medio del cine. El cine es un importante vector de propagación de la lengua y la cultura de un país y uno de los elementos de penetración del inglés en todas las demás lenguas, sea por medio de películas en versión original, sea por medio de películas dobladas. EE. UU. impuso después de la Segunda Guerra Mundial una cuota de un 30% de películas propias en los cines franceses para que Francia (y muchos otros países europeos) pudiera acogerse a los beneficios del Plan Marshall. La situación ha evolucionado desde entonces en detrimento de todas las producciones nacionales de cine europeas. El cine estadounidense es dominante en casi todas las pantallas de cine europeas. Según datos del 2012, el porcentaje de películas que se proyecta en los cines franceses asciende a un 50%, mientras que en España, a un 80%.

 

Las causas económicas también explican el empleo abusivo de anglicismos. Evidentemente, es más fácil y más barato vender productos en la lengua propia que en una lengua extranjera, como también es más fácil venderlos en un país que se ha impregnado de los valores socioideológicos propios. Así, la exportación de la lengua abre naturalmente la vía a la exportación de todo tipo de mercancías. La prensa, la televisión y el cine están centrados en noticias, películas y series procedentes de EE. UU. Los jóvenes europeos conocen ese país como si fuera el suyo propio. La motivación económica también está presente en el empleo de anglicismos en prensa y en la publicidad comercial, pues así se atrae la atención del lector. El objetivo final es vender más.

 

 No son pocas las causas técnicas y lingüísticas que explican el empleo desmesurado de anglicismos crudos: la ausencia de guías de redacción o libros de estilo que unifiquen criterios sobre anglicismos trae consigo la permisividad total que existe en las páginas de muchos periódicos en las lenguas analizadas. Otras causas son la imposibilidad para algunos de traducir el sinfín de términos técnicos ingleses que aparecen a diario en esas lenguas; el desinterés o impotencia de las autoridades, los lingüistas y los lexicógrafos en la defensa de las lenguas nacionales; el conocimiento insuficiente del inglés y de la lengua nacional por profesionales como científicos, informáticos, diplomáticos, periodistas o representantes de muchas otras profesiones, que no tienen interés en defender su lengua o son incapaces de hacerlo, y traducen sin ser traductores; la presunta brevedad y concreción de la lengua inglesa en la que existen numerosos monosílabos; la renuncia a la adaptación del extranjerismo a la lengua nacional por pereza, incapacidad o por cuestión de principios; la falta de imaginación y creatividad; la ineficacia de las políticas lingüísticas cuando las hay, y la inexistencia de organismos de defensa de la lengua que propongan equivalentes nacionales para los anglicismos crudos (salvo en Francia y Québec).

 

No menos importantes son las causas psicológicas: una marca comercial extranjera atrae más la atención del lector que una nacional por su exotismo, y por esa razón se vende más. Se trata de una estrategia muy explotada en muchas formas de comunicación de masas. Considérense el impacto de las marcas comerciales que suenan a extranjeras, y los lemas de sus anuncios. Muchos ciudadanos de cualquier país están convencidos de que la tecnología extranjera es más avanzada que la nacional, y los productos extranjeros de más alta calidad. Esta circunstancia se aprovecha a menudo en la publicidad donde los anglicismos crudos se usan con el fin de dar una connotación positiva al producto anunciado. No hay que olvidar la creencia de que el inglés es una lengua superior a todas las demás para expresar ciertos conceptos. La pedantería es otra causa psicológica motivada por el deseo de muchos seres humanos de colocarse en situación de superioridad frente a sus semejantes. En este caso, demostrando sus conocimientos de una lengua extranjera. Un tipo de pedantería es la anglomanía, que ha impregnado ciertas capas sociales que consideran más prestigioso o de mejor calidad todo lo que viene de Estados Unidos, incluido el idioma, puesto que transmite sensación de modernidad y eficacia. La anglomanía es un fenómeno de hipnosis colectiva que ha provocado lenguas híbridas usadas por ciertos sectores de la población de algunos países que, en el caso que nos ocupa y como hemos visto, han sido denominados franglés (franglais), neerlanglés (Dunglish), itangliano (italiese) y rusinglis (Runglish). Los usuarios de esas lenguas híbridas son personas que no dominan el inglés y pretenden, introduciendo palabras inglesas en su discurso, realzar su situación social y darse importancia. Muchos de los que no saben inglés y los oyen, apenas entendiéndolos, los admiran y envidian a la vez. Muchos de los que emplean anglicismos innecesarios les dan un significado incorrecto, los usan fuera de contexto, o los pronuncian o escriben incorrectamente. Se usan además por pereza y para impresionar. Ese inglés de moda es en primer lugar la lengua de los managers pero también de políticos, funcionarios, publicistas y, sobre todo, de los medios de comunicación. Es la lengua de todos los que tienen un interés político, comercial o estratégico para imponerse, para hacer que las cosas parezcan más bonitas, para engatusar a su público. El empleo de anglicismos crudos es, a menudo, el signo de una elección cultural del hablante: se habla así para demostrar que se sigue la moda, que se está en la onda. No es fruto de un exceso de conocimiento del inglés sino de lo contrario: es fruto de la ignorancia del inglés y de su lengua propia lo que caracteriza a quienes lo propagan. Aquí quizás se pueda aplicar el proverbio, “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, pues lo que consiguen es que no se les entienda. Curiosamente, los introductores de léxico inglés se justifican con el argumento de que los extranjerismos introducen matices que no se pueden transmitir con recursos de la lengua propia, o sea, ayudan a mejorar la comprensión.

 

¿Tiene consecuencias negativas el empleo de anglicismos crudos? Evidentemente las tiene. Los lingüistas denominan préstamos a los neologismos importados de otras lenguas, pero los préstamos innecesarios no son gratis. Salen muy caros a las lenguas que los importan. Suponen una hipoteca que se paga a corto, medio y largo plazo con consecuencias lingüísticas, culturales, sociales, psicológicas y económicas.

 

La influencia del inglés ha sido en las últimas décadas el factor más determinante en la transformación de las lenguas estudiadas, que han importado numerosos anglicismos innecesarios, incomprensibles no solo para el hombre corriente sino incluso para lingüistas y filólogos. Esos anglicismos han creado desconcierto no solo en la opinión pública en general, sino también entre los usuarios directos de la nueva terminología como estudiantes, traductores, periodistas, economistas y otros profesionales. En resumen, la influencia del inglés es más negativa que positiva. La incomprensión de los anglicismos no es propia de hablantes de lenguas lejanas del inglés por su origen, como el italiano y más aún el ruso, sino también de otras cercanas como el neerlandés. En los Países Bajos, a pesar de la proximidad lingüística del inglés y del neerlandés, y del grado de anglización del paisaje lingüístico neerlandés, una gran mayoría de neerlandohablantes sigue sin entender gran parte de los mensajes que se les transmiten en inglés. En general, la mayor parte de la población de los países estudiados no tiene un conocimiento de la lengua inglesa que le permita entender todos los anglicismos que caprichosamente emplean los periodistas cuando escriben en sus lenguas nacionales, como muestran los sondeos y estadísticas que hemos citado en esta tesis. Eurobarómetro (sin datos sobre Rusia)  muestra que más de la mitad de la población de las lenguas estudiadas no tiene un conocimiento suficiente de la lengua inglesa que le permita entender cualquier texto. A la cola de la clasificación se encuentran países como España e Italia, y también Rusia, puesto que su Instituto Nacional de Estadística cifra en un 85% el porcentaje de población que no entiende inglés. Sin embargo, el inglés está omnipresente en todos los países mencionados.

 

Por consiguiente, podemos afirmar que las consecuencias lingüísticas del empleo masivo de anglicismos crudos y de la aparición de errores de traducción por influencia del inglés son las siguientes: la incomprensión del receptor del mensaje y la inestabilidad en la lengua; el deterioro de la lengua por empobrecimiento, ya que los anglicismos expulsan a los términos castizos del uso y son cuerpos extraños en la lengua que les acoge, pues no se inscriben en la red de relaciones entre palabras preexistente en esa lengua; la reducción del vocabulario personal en la lengua propia, puesto que cuantos más términos angloamericanos se emplean, más términos nacionales quedan relegados al olvido, e incluso desaparecen del uso. A lo que hay que añadir que importando anglicismos se desalienta la creación de neologismos en la propia lengua.

 

Los extranjerismos innecesarios y los errores de traducción son leídos por millones de personas que posteriormente reproducirán esos errores, pues quedan grabados en el subconsciente colectivo. De tal modo, los errores de una generación se convierten en la norma de la siguiente. Los anglicismos ajenos al genio de la lengua, los de origen anglosajón y no grecolatino son opacos para los hablantes de lenguas no sajonas, e incluso para los neerlandohablantes, puesto que en esta lengua los términos de origen francés o grecolatino son mayoría como muestra el Diccionario Etimológico de la Lengua Neerlandesa de Van der Sijs[1]. Los anglicismos son rebeldes a toda operación de comprensión lingüística intuitiva en su significado. La palabra autóctona presenta sobre el anglicismo la ventaja de estar arraigada o poder inscribirse en en una red de relaciones preexistentes, con lo que recurriendo masivamente a los anglicismos se introduce opacidad en la lengua propia aunque se piense que se la enriquece.

 

La influencia lingüística del inglés no ha sido únicamente de tipo léxico. En todas las lenguas estudiadas, hemos observado que otros ámbitos lingüísticos muy afectados son la pronunciación y la ortografía, ya que la correspondencia entre grafía y sonido ha cambiado como consecuencia de la aparición de anglicismos crudos. No se sabe cómo escribir o pronunciar el anglicismo, puesto que su grafía y pronunciación se consideran excepciones en las reglas gramaticales de la lengua estudiada y, de hecho, se pronuncia y se escribe según, alternativamente, las reglas de la lengua nacional o de la inglesa, lo que hace que un mismo anglicismo crudo se pronuncie o se escriba de maneras muy diferentes. Además, en el caso del ruso, muchos anglicismos entran en un alfabeto distinto al cirílico: el latino. En el caso del italiano, también se observan otras influencias de tipo no léxico que han afectado a las estructuras básicas del italiano. Por ejemplo, cada vez se usa menos el subjuntivo y están apareciendo nuevas estructuras sintácticas calcadas de las inglesas; existe confusión en torno al género y al número de los sustantivos ingleses; cada vez se usa menos la forma pasiva como consecuencia del uso cada vez más frecuente de la forma verbal progresiva inglesa; se transponen hábitos culturales estadounidenses por medio de errores de traducción como il mio nome è en vez de mi chiamo. En el caso del francés, se observan usos incorrectos como el del posesivo inglés, el empleo habitual de la forma pasiva o el participio de presente, elementos básicos en el inglés, en detrimento de la forma activa y la proposición subordinada francesas.

 

También son numerosas las consecuencias culturales: la dependencia del inglés como lengua modelo y la pérdida de identidad cultural y nacional; la división de la sociedad entre los iniciados, que conocen y pronuncian más o menos correctamente los anglicismos en uso, y los que no; el retraso en la divulgación científica, pues una lengua que no es apta para describir el mundo deja de cumplir una función de comunicación importante; los errores de traducción, que son probablemente más peligrosos para las lenguas que los anglicismos crudos, pues actúan cambiando el sentido de las palabras o modificando su ordenamiento, y sus relaciones en nuestra mente y en el discurso. Además, la cultura de las lenguas estudiadas está sometida en todos los ámbitos de la vida moderna a una enorme presión del “modo de vida americano” que entra acompañado del léxico inglés por radio, televisión, prensa, publicidad y cine estadounidense. Es una influencia nociva para todos los hablantes, pero más aún para las jóvenes generaciones porque si un adulto culto puede rechazarla, un niño que crece en ese ambiente la asume como propia y se ve apartado de su cultura nacional. La lengua inglesa viene, pues, acompañada de la cultura estadounidense y de sus normas. La proliferación de anglicismos trastorna la comunicación y la producción de ideas pues la ignorancia de las palabras oscurece las ideas, y el enrarecimiento de las ideas claras frena la expresión justa. Por otra parte, si una lengua deja de usarse en un ámbito concreto, y no se producen neologismos en ella, deja de poder explicar una parcela de la realidad. Tampoco se pueden publicar libros de texto sobre esas disciplinas en la lengua nacional para los estudiantes universitarios.

 

Las principales consecuencias sociales y psicológicas son la confusión, la irritación y el complejo de inferioridad que ha surgido en algunas capas de las sociedades estudiadas al aparecer en prensa, publicidad y televisión anglicismos innecesarios que muchos no entienden y que no aportan nada, puesto que ya existen equivalentes nacionales. El anglicismo en los periódicos o en los carteles publicitarios es una ofensa para el ojo que lee; en el discurso televisivo, en la radio y en los espectáculos es una ofensa para el oído: su escritura y pronunciación dependen de reglas extrañas al sistema.

 

Las sociedades de las lenguas estudiadas se han escindido en dos campos: por un lado, los jóvenes y muchos profesionales (periodistas, economistas, publicistas y especialistas de distintas profesiones en contacto habitual con la lengua inglesa), partidarios de los anglicismos, porque piensan que representan la modernidad y aportan brevedad y concisión o por motivos comerciales. Por otro lado, la mayoría de los lingüistas, que no tiene nada en contra de que entren préstamos siempre que lo hagan de forma ordenada, y se pueda asimilarlos subordinándolos a las normas de la lengua receptora (al genio de la lengua como declaran la mayoría de los lingüistas estudiados), y el grueso de la población irritada por el deterioro y la contaminación de su lengua y por no comprender a menudo palabras extranjeras que ven en los escaparates, en los anuncios publicitarios, en las páginas de la prensa, y oyen en los discursos de algunos políticos. Estos últimos, los que no entienden, se consideran desplazados y marginados. Los anglicismos crudos provocan rechazo pues son un cuerpo extraño por su forma y pronunciación. Por otra parte, la imagen de una lengua omnipresente, de una utilidad absoluta y que presenta una superioridad abrumadora pone inmediatamente en entredicho la utilidad de las demás: el anglohablante de nacimiento es superior a los demás. Y a esa superioridad contribuyen muchos profesionales que introducen anglicismos en sus discursos en otras lenguas, o que recurren al inglés en detrimento de su propia lengua.

 

Es evidente que también existen consecuencias económicas negativas en las lenguas estudiadas. El inglés se usa en empresas nacionales y multinacionales, por escrito y oralmente. Se argumenta que facilita la comunicación y reduce costes. Sin embargo, muy a menudo, su uso es contraproducente pues al contrario de lo que afirman los partidarios de la implantación del inglés en todos los ámbitos de la economía como lengua única para facilitar la comunicación y reducir costes, supone un obstáculo a la comprensión y puede ser la causa de cuantiosas pérdidas económicas como se ha demostrado en Francia[2]. Además, el uso de la lengua inglesa en negociaciones perjudica a los hablantes nativos de otras lenguas, ya que en todo debate o negociación el que usa su lengua nativa tiene una ventaja incomparable porque domina todos los matices, reacciona más rápido y puede redactar las cláusulas con la letra pequeña a su favor. El que habla una lengua que ha aprendido en la escuela como segunda lengua es más lento, y se le escapan matices, con lo que sale perdiendo. El empleo del inglés en la economía y el comercio beneficia a las empresas de lengua inglesa pues ahorran en gastos de traducción. Casi todos los lemas de las marcas más conocidas están en inglés para difundirlos con más facilidad por todo el mundo.

 

El hecho de que cada vez se imparta un número cada vez mayor de cursos de posgrado en inglés principalmente en los Países Bajos y en Italia implica no solo un número cada vez mayor de profesores con lengua materna inglesa (¿podrán seguir trabajando los profesores italianos y neerlandeses en lo sucesivo en sus países?), o que los nativos de esos países den clases en una lengua que no es la suya con la evidente pérdida de calidad en la enseñanza, sino que también influye sobre la edición de libros de texto solo en inglés con las evidentes repercusiones económicas para las editoriales nacionales. En la enseñanza, hay estudios que demuestran que la sustitución del neerlandés por el inglés provoca una merma de la calidad y deja en situación de inferioridad a los Países Bajos en los mercados internacionales, o sea, lo contrario de lo que se pretende.

 

En resumen, la importación léxica del inglés tiene consecuencias negativas no solo sobre la lengua sino también sobre la cultura, la manera de pensar de un pueblo, y su economía. No se puede hacer caso omiso del hecho de que existe un vínculo estrecho entre la lengua y las ideas. La consecuencia final, de no remediarse la situación actual, es que todas las lenguas se convertirán en lenguas de segunda clase, incapaces de describir el mundo. El inglés, la lengua predominante del mundo occidental, será la única en conservar el patrimonio de la precisión, de la adecuación entre el querer decir y el decir mientras que los que hablan otras lenguas se abandonarán sin ser plenamente conscientes a una servil imitación de la lengua dominante, y no dispondrán más que de un instrumento imperfecto del que solo podrán hacer un uso torpe y aproximativo destruyendo su lengua, pero también y sobre todo, su capacidad de pensar de manera justa y precisa.

 

De lo anterior, podemos deducir que la influencia del inglés, en vez de ser un factor de enriquecimiento de las lenguas, ha sido un factor de empobrecimiento, de frenada a su desarrollo y de obstáculo a la comunicación. Además, ha tenido graves consecuencias de tipo lingüístico, cultural, social, económico y psicológico, y ha dividido sociedades.

 

Evidentemente, ante esta situación la opinión pública y los círculos políticos de las lenguas estudiadas han reaccionado. Esa reacción ha sido muy diversa y ha ido desde las medidas proinglés del gobierno de los Países Bajos en un extremo hasta las medidas de defensa de la lengua francesa en Canadá y Francia en el otro extremo pasando por la inacción de los gobiernos de Italia y de Rusia.

 

En los Países Bajos la reacción de las autoridades se ha manifestado del siguiente modo: en la universidad, por medio de la proliferación de cursos universitarios y de posgrado en inglés; en el Parlamento, con propuestas de que el bachillerato también se dé íntegramente en inglés; en el gobierno, con la publicación por la Taalunie de una lista oficial de vocabulario de la lengua neerlandesa que establece como norma que las palabras inglesas no se neerlandicen, con la anglofilia de las autoridades locales o aeroportuarias: la inmensa mayoría de los carteles señalizadores en el aeropuerto internacional de Ámsterdam está solo en inglés, los nombres de calles o plazas céntricas y los lemas de las campañas publicitarias municipales, también están en inglés. En resumen, la reacción gubernamental en los Países Bajos ha sido de defensa del inglés y no del neerlandés. La sociedad neerlandesa se ha dividido: por una parte, la reacción social proinglés ha consistido en poner nombres ingleses a los comercios, y en que gran parte de los ciudadanos empleen el inglés en ellos y en las empresas aún cuando los interlocutores sean ambos neerlandohablantes; por otra parte, ha sido en los Países Bajos donde la reacción social en defensa de su lengua ha sido la más importante y decidida con la creación de asociaciones, o potenciación de las ya existentes y con la confección de listas de alternativas neerlandesas para los anglicismos innecesarios. Woordenlijst onnodig Engels,[3] es un glosario de equivalentes nacionales para los anglicismos innecesarios en circulación en la lengua neerlandesa, contiene 7.000 entradas de estos extranjerismos con sus equivalentes neerlandeses, y se actualiza prácticamente a diario.

 

En los demás países, más tarde o más temprano y mejor o peor, gobiernos o parlamentos han reaccionado intentando poner freno a la penetración del inglés: Francia, por medio de la creación de instituciones gubernamentales de defensa de la lengua en la década de los sesenta del siglo pasado, entre las que destacan las comisiones terminológicas ministeriales que traducen o afrancesan anglicismos crudos de la técnica y la ciencia; la Oficina de la lengua francesa de Québec realiza el mismo tipo de trabajo; la Bélgica de lengua francesa colabora con Francia y Canadá haciendo suyas las decisiones francesas y aportando nuevas soluciones terminológicas; Italia presentó una iniciativa legislativa en el 2008 para la creación de un Consejo Superior de la Lengua Italiana que se ocupe de traducir el inglés innecesario; Rusia creó un Comité terminológico en el Congreso de los Diputados en el año 2006. En el ámbito social, salvo en Rusia, también en estos países se han creado asociaciones de defensa de la lengua nativa frente al inglés, y han abundado iniciativas como la redacción de manifiestos para sensibilizar a la opinión pública.

 

En todos los países estudiados la opinión pública está dividida entre partidarios y adversarios de los anglicismos. Un sondeo realizado en Francia en 1984 mostraba que  la fuerte influencia lingüística de EE. UU. era considerada una molestia o una barrera por el 79% de los encuestados, y un 90% creía que los anglicismos crudos deben afrancesarse. Otro sondeo realizado en 1991 a valones y bruselenses francohablantes mostraba que un 47% opina que se usan demasiadas palabras inglesas mientras que un 48% cree que el recurso al inglés no es exagerado. Son sobre todo los mayores de 45 años (56%) quienes desaprueban la presencia de anglicismos mientras que los menores de treinta son los menos preocupados por el tema. Otro sondeo de opinión realizado en Rusia en el 2008 indicaba que la mayoría de los rusos piensa que hay un exceso de términos ingleses en la prensa escrita y está en contra de su empleo. El 55% de los encuestados no desea que aparezcan tantos términos extranjeros. También en este país eran principalmente los jóvenes los partidarios de la influencia del inglés. 

 

La opinión pública contraria a los anglicismos se expresa en Francia por medio de cartas que los ciudadanos envían a la Academia de la lengua, a la prensa y a los políticos. En esas cartas se denuncian el mal uso del francés en general y el empleo abusivo de palabras inglesas en particular. En Rusia, la incomprensión de esos extranjerismos causa descontento y hasta irritación en gran parte de la población, que considera que su lengua está contaminada. La mayor parte de los rusos piensa que esos anglicismos lo invaden todo: la prensa, la publicidad, la calle y la televisión. Personalidades como catedráticos de universidad, políticos, diputados y algunos periodistas y escritores se pronuncian en público contra la proliferación de anglicismos innecesarios afirmando que no solo a ellos sino a la mayoría del pueblo, en particular a las personas mayores, les molesta por su insuficiente conocimiento de la lengua inglesa. Los ciudadanos corrientes rusos se expresan en foros de debate y en cartas al director de algunos periódicos. Muchos rusos piensan que Rusia parece un país colonizado porque cuando uno sale a la calle, la publicidad en inglés incomprensible es invasiva en los carteles y en los escaparates, el lenguaje de la economía y la ciencia está lleno de anglicismos incomprensibles para el ciudadano medio, y los artículos de prensa, y en particular las secciones deportivas, muy a menudo, no se entienden a causa de los extranjerismos. En Italia, hemos encontrado opiniones en el mismo tono de algunos periodistas, sociólogos, políticos y parlamentarios expresadas en artículos de prensa. En los Países Bajos, no son pocos los ciudadanos que envían cartas similares a algunos periódicos. Por supuesto, la mejor prueba de la indignación que sienten algunos contra la presencia masiva de anglicismos en sus lenguas se expresa por medio de la afiliación a asociaciones de defensa del idioma.

 

Por su parte, muchos lingüistas de todos los países estudiados incluidos los criticados por “puristas” han afirmado estar a favor de la importación léxica cuando no exista equivalente o traducción en la lengua nacional. Todos aceptan el préstamo léxico necesario siempre que se adapte a la fonética y la grafía de la lengua nacional. Algunos lingüistas prestigiosos opinan que es ridículo tolerar que la lengua se renueve no por evolución natural de significados o por la entrada moderada de préstamos de otro idioma para designar nuevas ideas o conceptos, sino por la improvisación de ignorantes a los que los medios de comunicación dan posibilidades de que se les escuche. Esos lingüistas opinan que hay que intervenir individualmente, en la escuela y a través de los medios de comunicación, y de la administración del Estado. En resumen, son muchos los que piensan que los anglonorteamericanismos no adaptados amenazan las lenguas nacionales y provocan una sensación de incertidumbre insana. Esos lingüistas opinan que el argumento según el cual el uso de anglicismos es un medio para obtener un efecto de brevedad, concreción y rapidez característico de una prosa moderna parece ser razonable pero es miopía lingüística porque creen que ese efecto lo consiguen los buenos escritores nacionales sin recurrir a extranjerismos. Los anglicismos continúan entrando y si bien es cierto que algunos desaparecen o se traducen, por cada uno de esos entran muchos nuevos. Esos lingüistas opinan además que se deberían estudiar las iniciativas tomadas en otros países europeos sobre los anglicismos para evitar el riesgo de intervenciones unilaterales y no sopesadas.

 

Caso raro y aparte lo constituyen los lingüistas que se pronuncian abiertamente a favor de la influencia inglesa. Solo hemos encontrado a dos que lo hagan en Francia.. También hay excepciones en Italia, Países Bajos y Rusia. Por lo general, esos lingüistas se limitan a argumentar que apenas hay anglicismos en sus lenguas, que siempre ha habido préstamos, y que la lucha contra los anglicismos tiene motivos nacionalistas. Algunos añaden que la mayor parte de los extranjerismos quedan confinados a las lenguas de especialidad (con lo que no se produce una anglización de la lengua común). Otros afirman que no hay equivalentes nacionales, o que los anglicismos tienen un valor sentimental o expresivo que no tiene el equivalente nacional. Sin embargo, son pocos los profesionales de la lengua que defienden en público la introducción de anglicismos. En cualquier caso, a pesar de que nadie defiende los innecesarios son muchos los que los emplean, como muestra la realidad cotidiana. Llama la atención que en todas las lenguas estudiadas, esa minoría de lingüistas anglófilos critique tildando de puristas a los que se oponen a la proliferación de terminología inglesa innecesaria. Se critica a esos “puristas” principalmente porque “no entienden que no saber inglés es ser analfabeto en el siglo XXI”. Se mezclan así, en nuestra opinión, cosas distintas: por una parte, las ventajas o más bien la necesidad de conocer el inglés para el desempeño de ciertas profesiones, o para viajar fuera del país natal y, por otra, el deber moral que tienen las empresas privadas y la administración del Estado de usar la lengua nacional a la hora de prestar un servicio público, la práctica de introducir anglicismos innecesarios en textos escritos o conversaciones en lengua nacional, y la aberración de tener que conocer una lengua extranjera para vivir en el país natal.

 

¿Quiénes son los responsables de la introducción de anglicismos innecesarios y con qué razones justifican su empleo? En general, se puede afirmar que cualquier persona en contacto con la lengua inglesa es susceptible de introducir un anglicismo crudo en su propia lengua. Sin embargo, los principales importadores de anglicismos crudos y responsables de errores de traducción que empobrecen las lenguas nacionales son los periodistas, aunque no son los únicos. Los directores y propietarios de periódicos tienen gran parte de responsabilidad, puesto que para muchos el rendimiento financiero es más importante que la calidad de la lengua nacional, lo que ha traído consigo la multiplicación de anglicismos en las páginas de la prensa. En general, los periodistas opinan que tienen derecho a escribir como quieran puesto que les ampara la libertad de expresión, y no consideran que el empleo de anglicismos crudos sea un problema. Sin embargo, muchos ciudadanos piensan que no debería ser así, ya que los periodistas prestan un servicio público y deben satisfacer el derecho del pueblo a estar informado en su propia lengua. En las páginas de la prensa de las lenguas estudiadas con la excepción de Québec existe cierta permisividad sobre cómo se escribe, puesto que no hay guías de redacción, libros de estilo o directrices lingüísticas de la redacción de los periódicos. Por consiguiente, los periodistas tienen libertad total para emplear anglicismos, lo que es comparable a tener libertad total para escribir con faltas de ortografía.

 

En general, muchos periodistas están convencidos de que la lengua inglesa es superior a la propia, y piensan que es más funcional, más lacónica y más breve. No consideran un problema verdaderamente importante el uso de palabras inglesas en la lengua nacional. Están convencidos de que el empleo de anglicismos facilita la comprensión y hace más atractivos sus artículos. Sin embargo, el resultado es el contrario: incomprensión e indignación de lectores. Algunos periodistas opinan que sus compañeros emplean a veces anglicismos por ignorancia, por pobreza léxica, o incluso por el deseo banal de demostrar su conocimiento de lenguas extranjeras.

 

Otros introductores de anglicismos son: los publicistas, que creen que el empleo de un anglicismo confiere a sus productos una pátina de elegancia y deseabilidad. Los anglicismos se usan en la publicidad con el fin de atraer la atención y dar una connotación positiva al producto anunciado y así vender más; los empresarios, que se aprovechan del atractivo de lo extranjero para vender más; los científicos, que invocan tres razones principales para justificar el empleo de la lengua inglesa: (1) el inglés es la única lengua verdaderamente internacional y es indispensable para la comunicación científica; (2) la publicación en inglés en revistas internacionales es obligatoria si se quiere alcanzar notoriedad o mejorar la reputación propia ante las autoridades que asignan fondos para la investigación; (3) solo el inglés responde a las necesidades neológicas del mundo moderno, es más creativo y se caracteriza por una mayor flexibilidad, mejor capacidad de adaptación, por la riqueza de su vocabulario; por último, otros productores de información y muchos ciudadanos corrientes también tienen su parte de responsabilidad por pereza, negligencia, despreocupación y cobardía. La reacción de la opinión pública en todas las lenguas estudiadas es ambigua y contradictoria ante la situación. Los anglicismos gozan de preferencia frente a sus equivalentes nacionales porque los que los emplean creen así realzar su nivel de información y adquirir en ciertas esferas sociales un nivel más alto. En general, es bien conocida la tolerancia de italianos, belgas, franceses y neerlandeses ante los anglicismos y, a pesar de los sondeos de opinión citados más arriba, la impresión general es de acogida entusiasta en muchos sectores de la población. Por último, es un hecho indiscutible que la anglomanía y la anglización no progresarían si no contaran con el apoyo voluntario de una parte más o menos grande de la opinión pública.

 

A la vista de lo anterior, ha llegado el momento de preguntarnos si es verdaderamente la prensa la principal transmisora de anglicismos crudos innecesarios. Creemos que sí. La influencia del inglés sobre la prensa escrita ha sido el objeto principal de nuestro estudio puesto que estamos convencidos, como muchos de los lingüistas estudiados, de que ella es la principal responsable, por encima de la televisión y de la publicidad, de la introducción de anglicismos crudos innecesarios, de que se cometan errores de traducción por influencia del inglés en las lenguas estudiadas y, por consiguiente, de la degradación y empobrecimiento de estas últimas.

 

La prensa es la enciclopedia de los adultos y se encarga de su formación continua. También es el sector de la lengua escrita donde se tratan todos los temas de interés social (ciencia, música, actualidad, deportes, cultura, etc…), y gran parte de su contenido procede de fuentes en lengua inglesa. En general, los medios de comunicación son la correa de transmisión entre las lenguas extranjeras y las nacionales y, por consiguiente, el principal medio de penetración de las palabras extranjeras y, sobre todo, de las inglesas. El inglés, pues, llega a todos los grupos sociales a través de los medios de comunicación e influye enormemente sobre el lector. Sin embargo, es cierto que, como el resto de la población, los periodistas parecen estar divididos en dos mitades homogéneas: unos emplean anglicismos (algunos desmesuradamente) y otros no los emplean.

 

Los periodistas y la prensa en general son para la mayoría de los lectores un ejemplo constante. Para muchos que no leen nunca un libro, la prensa es su única lectura. No es una exageración decir que el futuro de la palabra depende de los periodistas, y que el empleo del anglicismo innecesario o el error de traducción en la prensa no refrenda el uso sino que lo crea y lo propaga, aunque posteriormente, la televisión desempeñe el papel de amplificador. Ese anglicismo innecesario gusta a otros periodistas que lo usan sin cesar. Después los lexicógrafos lo llevan a los diccionarios, y sin ser una palabra del pueblo al que se suele invocar en estos casos, el anglicismo adquiere carta de naturaleza en cualquier lengua.

 

De lo anterior, queda clara la enorme responsabilidad que tienen los periodistas ante sus lectores. Es cierto que muchos anglicismos innecesarios aparecen en publicaciones especializadas, en congresos con interpretación simultánea, en conversaciones privadas, etc, pero no ante un público de millones de personas. Por el extenso público al que llega y por ser considerada maestra del idioma, pues los periodistas son considerados modelos lingüísticos, la prensa influye considerablemente sobre la mayoría de sus lectores, que consideran correcto lo que leen, y los anglicismos que introduce, poco a poco, se arraigan en el subconsciente colectivo. Sin embargo, la mayoría de los lectores de periódicos no tienen ni del inglés ni de todos los temas de información cotidiana el conocimiento que les permita corregir información incorrecta desde el punto de vista lingüístico. La mayor parte de los lectores no se da cuenta del error de traducción porque hace falta un excelente conocimiento del inglés y, por supuesto, de la lengua propia para detectar los muchos anglicismos semánticos que son introducidos a diario a través de las traducciones aproximativas. Por esa razón, en muchos casos, los hablantes usan anglicismos sin saber que lo son, y solo porque su entorno se los suministra continuamente como modelos. Los toman donde los encuentran, y si son repetidos en columnas y artículos, al considerar sagrada la palabra escrita en un periódico importante, acaban por creer que los anglicismos, tanto crudos como semánticos, no solo son lícitos, sino necesarios e inevitables, y los emplean en sus propios escritos o conversaciones. Además, del mismo modo que aumentan considerablemente las ventas de un producto industrial anunciado en un medio de comunicación, una palabra, un neologismo, un anglicismo empleado en un periódico de gran tirada se propaga, y es de inmediato legitimado y valorizado. Por consiguiente, se puede afirmar que los periodistas son los actores más importantes en la propagación y, sobre todo, en la legitimación de los anglicismos.

 

¿Por qué emplean los periodistas anglicismos crudos en sus artículos? Como cualquier profesional en relación diaria con la lengua inglesa, los emplean voluntaria e involuntariamente. Muy a menudo las causas involuntarias son explicables únicamente por la incompetencia en traducción del periodista obligado a traducir, ya que es incapaz de encontrar un equivalente nacional para un término inglés y no traduce, o cuando lo hace se equivoca. Aún así, en el primer caso, un profesional de la prensa tiene el deber de escribir en la lengua de su periódico y de buscar consejo profesional de un lingüista o de un traductor cuando no sea capaz de solucionar por sí mismo un problema de traducción. Por su parte, la dirección del periódico debe poner a disposición del periodista los instrumentos que necesite para cumplir con el deber de informar. Por ejemplo, libros de estilo y asesoramiento técnico. En cuanto a la prisa en redactar que algunos invocan, no puede ser considerada una verdadera causa puesto que esa presunta prisa también es una circunstancia presente en muchas otras profesiones. Pensemos en los intérpretes, su tiempo de reacción es de menos de un segundo. Además, casi siempre el mismo anglicismo aparece en la prensa día tras día, semana tras semana y mes tras mes, sin que se le haya encontrado una solución o, peor aún, sin que ni siquiera se haya buscado. Lo anterior no es solamente atribuible a los profesionales de la prensa, sino también a cualquier persona cuya fuente de información esté en lengua inglesa, y que sin ser profesional de la traducción se vea abocada a producir un mensaje escrito u oral en otra lengua. Valga lo dicho aquí para los anglicismos crudos. ¿Qué podemos decir de los semánticos que aparecen con tanta frecuencia como los crudos y son, si cabe, más nocivos? Son fruto de un error de traducción del periodista. Creemos que en tal caso el responsable último es el director del periódico que debería haber tomado medidas para corregir los errores de sus empleados.

 

Las causas voluntarias tienen su raíz en una decisión personal o empresarial. Están relacionadas principalmente con la obediencia del periodista o de su periódico a la ley de la oferta y la demanda, o sea, el deseo de que un artículo sea leído por el mayor número posible de lectores, o de que el periódico se venda lo más posible. Los periodistas a menudo usan anglicismos en sus textos e incluso en los titulares, pudiendo emplear palabras de la lengua nacional, por sensacionalismo, para atraer la atención de los lectores con la complicidad tácita de la dirección del periódico y amparándose en la libertad de expresión. Es un hecho que muchos periodistas intentan atraer la atención del lector usando un anglicismo en el titular de la noticia. Sin embargo, en el cuerpo de la misma noticia prescinden del anglicismo y usan su equivalente nacional. En resumidas cuentas, se sirven del anglicismo como sinónimo de ese término nacional. Ningún medio de comunicación está exento de recurrir al sensacionalismo para aumentar la tirada y vender más.

 

También lo hacen por negligencia: para un periodista lo fácil es copiar el extranjerismo porque está convencido de que así atraerá la atención del lector en vez de investigar, preguntar; en suma, de esforzarse. Además, en la prensa y la publicidad se manipula a la opinión pública empleando extranjerismos difícilmente comprensibles con el fin de nublar el sentido de lo que se presenta. También se emplean por pedantería y deseo de impresionar a lectores y oyentes, a causa del prestigio que el inglés tiene para ellos, por el anhelo que siempre han tenido y siguen teniendo algunos seres humanos de impresionar a los demás, de situarse en posición de superioridad, de demostrar sus conocimientos, y porque también han sido presa de la hipnosis colectiva que induce a pensar que todo lo bueno procede de la primera potencia mundial, incluido su vocabulario. Otras veces, el periodista emplea anglicismos por razones estéticas y pragmáticas ya que está convencido de que su artículo resultará más brillante así gracias a la presunta belleza, brevedad y sonoridad de la lengua inglesa, o porque piensa que no existen equivalentes en la lengua nacional.

 

El recurso al inglés es, pues, a menudo un refugio contra la precisión, la fuga ante la obligación de claridad inherente a todo discurso informativo. Al recurrir al anglicismo, los periodistas no realizan su trabajo de manera profesional puesto que los lectores tienen derecho a una información lingüística precisa. Son numerosas las críticas de lectores y especialistas a los periodistas por el uso de anglicismos innecesarios que solo introducen confusión al no ser comprendidos por gran parte de los lectores. También los critican por los errores de traducción y el empleo de anglicismos semánticos innecesarios que paulatinamente cobran carta de naturaleza en todas las lenguas, y son asimilados por la mayoría de los lectores de prensa sin ser conscientes de ello. En Francia y en los Países Bajos, los lectores opinan sobre el tema en las páginas de los periódicos y lo hacen con irritación e indignación ante la magnitud del fenómeno y ante la insensibilidad y pasividad en la lucha contra los anglicismos (o actividad desmesurada en su introducción) de los periodistas. A pesar de que no son representantes del pueblo, los periodistas influyen más que los políticos sobre la lengua y la cultura de los pueblos.

 

Sin embargo, algunos periodistas, sea cual sea su nacionalidad no reaccionan a los deseos de tantos lectores. No creen que el uso de anglicismos crudos sea un problema y lo consideran parte de su trabajo. Además, no hay ningún tipo de control democrático sobre ellos. Solo unos pocos periodistas se indignan ante un hecho lingüístico y cultural que afecta negativamente a millones de personas. De hecho, ni siquiera informan, salvo contadas excepciones, sobre una noticia de tanta relevancia para las lenguas nacionales con la excepción del defensor del lector de Le Monde, el de De Volkskrant y algún que otro periodista. En la prensa analizada es escasa la información sobre los errores de traducción como consecuencia de la influencia de lenguas extranjeras, o sobre los anglicismos crudos innecesarios. Raros son los periodistas que escriben sobre ese tema y, sin embargo, es uno de los temas que más preocupan a los lectores, puesto que muchas de sus cartas al director versan sobre ese tema. Parece ser que los periodistas, cuya misión es informar a la opinión pública sobre la actualidad, sobre todo lo que es noticia, no se aplican esa regla a sí mismos, lo cual es lógico hasta cierto punto puesto que son juez y parte y ¿acaso van a tirar piedras contra su propio tejado? Sin embargo, la influencia de los anglicismos sobre el lenguaje de la prensa es un fenómeno de gran envergadura y de actualidad desde hace muchos años. Los lectores que escriben cartas al director están convencidos de que la prensa en general tiene gran responsabilidad en la decadencia de su lengua nacional. En el periódico Le Monde en particular, han compartido esa opinión un defensor del lector, un redactor jefe y un corrector, y han afirmado que el empleo de anglicismos crudos innecesarios es una falsa pedantería y una falta de respeto a los lectores. Sin embargo, la política de estos periódicos, Le Monde y De Volkskrant, consiste en hacer oídos sordos a las demandas de los lectores, que hasta proponen equivalentes en francés y neerlandés para los anglicismos crudos que aparecen en ellos. ¿Se trata de una política deliberada de la redacción o de una ausencia de política sobre anglicismos?  En la mayoría de los periódicos analizados no existe corrector ni instrucciones de la dirección para limitar el empleo de anglicismos, lo que sorprende enormemente y hace que nos preguntemos por qué razón  cualquier editorial dispone de correctores que revisan cualquier libro antes de que sea publicado por pequeña que sea la tirada, y periódicos como los analizados, con tiradas muy superiores a cualquier libro (salvo los superventas), y que tanto influyen sobre el pueblo no los tengan. Lo que sí es cierto es que los periodistas obtienen un provecho sensacionalista usando anglicismos, y que la dirección les respalda tácitamente al no tomar ningún tipo de medida de contención. Sin embargo, en Québec, donde la sensibilidad de la opinión pública ante los anglicismos es diferente, muchos son los periódicos y revistas que tienen correctores profesionales como L´Actualité, Le Journal de Montreal o Le Devoir.

 

¿Preocupa a los periódicos la opinión de sus lectores? No lo parece. ¿Hay que culpar a los periodistas o a sus jefes, directores y propietarios? ¿Se arruinaría un periódico contratando a un traductor o a un revisor competente? Aunque en nuestra opinión, bastaría un traductor-revisor y la voluntad expresa de la dirección de no recurrir a anglicismos innecesarios, va a ser difícil que la situación cambie, pues si los periodistas no creen que sea un problema, y los directores y propietarios están convencidos de que los anglicismos crudos desempeñan un papel importante en las cifras de venta, ¿qué director va a ser el primero en imponer normas estrictas para que no se empleen anglicismos en su periódico si corre el riesgo de perder clientes? No olvidemos, por último, que la principal fuente de financiación de los periódicos son los anuncios publicitarios y que la publicidad comercial es la segunda introductora de anglicismos en las lenguas estudiadas. En Le Monde, hubo consignas muy estrictas de la redacción que prohibían el uso de angloamericanismos cuando hubiera equivalentes franceses. Posteriormente, al cambiar de director, se acabaron las consignas. Los periodistas de Le Monde hoy día no hacen caso de las cartas al director, no corrigen sus errores y tampoco tienen en cuenta las recomendaciones de la defensora del lector.

 

En la mayoría de los periódicos analizados no solo no existe corrector, sino que tampoco existen libros de estilo con glosarios de anglicismos innecesarios y soluciones nacionales. En Rusia no existen libros de estilo de la prensa; en Italia hay uno, aunque apenas se habla en él de anglicismos; en Francia hubo uno en Le Monde editado en el 2002 pero no se reeditó; en Bélgica no hay libros de estilo de la prensa de lengua francesa aunque sí los hay en la de lengua  neerlandesa. En los Países Bajos hay varios libros de estilo pero los periodistas no respetan sus prescripciones sobre anglicismos y además su calidad no se acerca a la de los españoles. En Canadá, sí hay libros de estilo y también correctores y es precisamente allí donde la cifra de anglicismos crudos es más baja. Está claro que si un periodista sin formación de traductor o filólogo recibe gran parte de la información necesaria para escribir sus artículos en lengua inglesa, tendrá que hacer frente a problemas de traducción. En tal caso, le serviría de apoyo fundamental contar con una lista de equivalentes para los anglicismos más usados en la lengua en que escribe. Se trata de términos de difícil traducción o que todavía no aparecen en los diccionarios bilingües. También le hará falta a veces un especialista a quién recurrir: un traductor o un experto en un ámbito concreto, pues para poder traducir primero hay que entender. Además de lo anterior, en una situación ideal en cada periódico habría una persona cualificada para leer todo lo que el periódico publica y hacer un informe de errores con sus propuestas de equivalentes nacionales. En cualquier caso, si no hay voluntad de solucionar el problema o si se considera que el empleo de anglicismos crudos no es un problema, nada de lo anterior tiene sentido.

 

Como hemos visto hay muchos ejemplos que ilustran el vínculo entre la anglización de las lenguas estudiadas y la actuación de los medios de comunicación: la falta de profesionalismo en traducción o la inserción deliberada de anglicismos en titulares, y en las noticias o artículos, o su empleo como sinónimo de términos nacionales; la ausencia de libros de estilo con glosarios de anglicismos innecesarios y equivalentes nacionales (o que no se los tenga en cuenta cuando existen); la falta de instrucciones de la dirección contra el empleo de anglicismos crudos y la ausencia de revisor.

 

¿Qué dicen las estadísticas? ¿Cuántos anglicismos crudos hay en un diario de calidad y cuántos anglicismos crudos han entrado en los diccionarios de las lenguas analizadas? Es complicado querer concretar la influencia de la lengua inglesa sobre todas las estudiadas basándonos en las estadísticas publicadas que conocemos. Estadísticas las hay sobre todas las lenguas. Todas son polémicas por diversas razones. Sin embargo, la realidad es tozuda. Todas las lenguas estudiadas están anglizadas en mayor o menor medida. Para hacernos una idea más o menos fiel de la situación de anglización de una lengua y de su cultura, debemos abstraernos de esas cifras y pasear por las calles de Roma, París, Bruselas, Ámsterdam o Moscú, y fijarnos en las vallas publicitarias, en los nombres de los comercios, en los carteles de los escaparates; leer la prensa y oír la televisión en esas lenguas; fijarnos en cómo habla la gente, ver la programación de televisión y la cartelera de cines, etc. La realidad es innegable como hemos visto en los apartados “situación actual” de los diferentes capítulos de esta tesis: hay casos en los que la impresión visual o auditiva de contaminación de una lengua por anglicismos puede ser enorme, a causa de su alta concentración en textos escritos o discursos orales.

 

A continuación, presentamos algunas estadísticas que nos pueden ayudar a hacernos una idea sobre cuál es la situación actual. Hemos intentado conocer tres datos importantes en cada una de las lenguas estudiadas para poder determinar el grado de influencia real de la lengua inglesa: (1) la cifra absoluta de anglicismos crudos en un diario importante y el porcentaje de anglicismos sobre el total de palabras sin contar sus repeticiones. Para conocerlas hemos realizado nuestro corpus propio; (2) la cifra de términos de origen inglés en el diccionario nacional de referencia y (3) las cifras de anglicismos (aunque no figuren en los diccionarios) en circulación en cada lengua. En todas las lenguas, los diccionarios de uso dejan pasar por lo general un mínimo de unos tres o cuatro años (a veces, muchos más) hasta que incluyen los neologismos para estar seguros de que son palabras que verdaderamente han arraigado. Por consiguiente, si comparamos la cifra de anglicismos en un diccionario y la de anglicismos en circulación en una lengua dada en un momento dado, la última cifra podrá ser mayor o menor. El hecho de que gran parte de estos últimos no estén en los diccionarios no significa que su presencia no tenga influencia sobre los hablantes y sobre la lengua. Tiene la misma o quizás más que la de los que sí están, pues suelen ser términos recién importados y de uso frecuente. Por eso hemos considerado conveniente incluir también cálculos basados en estudios de especialistas. En el cuadro I presentamos datos relativos a los dos últimos criterios[4], y en el cuadro II, sobre el primero:

 

 

Cuadro I: Anglicismos en circulación y en diccionarios de 5 lenguas europeas

 

 

FRANCÉS

ITALIANO

NEERLANDÉS

RUSO

ESPAÑOL

Anglicismos en diccionarios de uso

3.000 (1)

5.510 (2)

7.699 (3)

 

692 (4)

Anglicismos en circulación

 

2.954 (5)

 

7.000 (6)

5.000 (7)

1.525 (8)

 

Fuentes:

 

1.-Laurent Catach, Director de la sección digital, Dictionnaires Le Robert en respuesta a correo electrónico  sobre anglicismos crudos en el Petit Robert (Véase Anexo VI. Lengua francesa).

2.-Furiassi, 2008:316 sobre anglicismos en el GRADIT.

3.-Marjan Arts, Editora de Van Dale en respuesta a correo electrónico sobre anglicismos en el Diccionario de uso de la lengua neerlandesa Grote Van Dale (V. apartado 1.1. “Estadísticas” del capítulo III).

4.-Pedrero González, Amalia, 2008: 90 sobre la cifra de anglicismos crudos en el Diccionario de la Real Academia Española, 2001.

5.-Bistarelli, 2008.

6.-Entradas en el Diccionario de neerlandés digno de Dick Vanzijderveld, 2010.

7.-Marina Y. Siemiónova, 2007.

8.-Bogaards, (2008:70) con datos del Dictionnary of European Anglicisms de Görlach, 2001.

 

¿Qué conclusiones podemos sacar de los datos del cuadro anterior? En primer lugar, que las cifras de anglicismos en los diccionarios de uso de las lenguas estudiadas son muy elevadas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la cifra de entradas en un diccionario de uso es muy diversa. Va de las 300.000 del Oxford English Dictionary a los 60.000 del Petit Robert pasando por el cuarto de millón del diccionario de la lengua neerlandesa. Para conocer el porcentaje de anglicismos en un diccionario de uso hay que conocer varias cifras: el total de entradas y el total de anglicismos. Estamos convencidos de que hay pocas diferencias en el vocabulario total en uso en las lenguas analizadas. En el caso de la lengua inglesa, ya lo decía el distinguido académico español Emilio Lorenzo (1999:27-8) refiriéndose a las cifras del diccionario de Oxford. Suscribimos su opinión.[5]

 

En el caso de la neerlandesa, no nos ha sido difícil convencernos de lo mismo (como hemos demostrado en el apartado 7 del capítulo III) tras consultar la Lista Oficial de Vocabulario de esa lengua que cuenta con unas 100.000 entradas. Lo mismo sucede con el diccionario de uso de más prestigio de la lengua neerlandesa, el Van Dale con unas 250.000 puesto que un gran porcentaje de las entradas son palabras compuestas de tal modo que cuando el diccionario de la lengua española cuenta 2, en algunos casos el de la neerlandesa cuenta 20. Por consiguiente, suscribimos las palabras de Lorenzo: la diferencia la marcan los criterios de inclusión y las características de cada lengua. Creemos que la cifra real de términos de un diccionario de uso que no contenga términos técnicos o en desuso, o que no esté distorsionada entre los 60.000 y los 100.000 que es lo que tienen el DRAE (83.000), el Petit Robert (60.000) de la lengua francesa y el Diccionario Ollegov (100.000) de la lengua rusa. En tal caso, según nuestros datos, el porcentaje de anglicismos en diccionarios de uso en una lengua dada sería mucho mayor de lo que suponen los especialistas: rozaría el 5% en Francia, y el 10% en las lenguas italiana, neerlandesa y rusa, y sería poco más de un 1% en la española.

 

En cuanto al porcentaje de palabras extranjeras en circulación en las lenguas analizadas, creemos que es muy difícil por no decir imposible determinarlo con exactitud porque para hacerlo habría que examinar muestras muy extensas o elegirlas según un método que permitiera garantizar una representatividad total. Aun así, hemos incluido en el cuadro anterior datos de cuatro lenguas.

 

Un método realista y simple aunque laborioso para cuantificar el porcentaje aproximado de anglicismos en uso en una lengua dada consiste en calcular la cifra de anglicismos que se usan en un diario de calidad de las lenguas analizadas y la cifra de palabras distintas del idioma estudiado que se usan en ese diario, y con ambas cifras, calcular ese porcentaje mediante una simple regla de tres. Eso es lo que hemos hecho con los corpus de prensa que hemos presentado en cada capítulo y aquí los comparamos con un corpus del diario El País y otro del diario El Mundo. El total de palabras distintas confirma que en todos los periódicos se usan poco más o menos la misma cifra de palabras: entre 10 y 15.000 en función del número de páginas que contenga el periódico. No olvidemos que se trata de cálculos a la baja puesto que hemos analizado diarios de calidad. Las cifras serían distintas en una revista de moda, deporte, informática, etc. Estos son los resultados:


 

 

            Cuadro II: Corpus de anglicismos crudos en 5 lenguas europeas

 

 

De Standaard

 

 

Bélgica

 

Neerlandés

De Volkskrant

 

 

Países Bajos

 

Neerlandés

Le Monde

 

 

Francia

 

Francés

Corriere della Sera

 

Italia

 

Italiano

Izvestia

 

 

 

Rusia

 

Ruso

El Mundo

 

 

España

 

Español

El País

 

 

 

España

 

Español

Total páginas

122

136

162

132

160

167

183

Porcentaje de artículos con anglicismos

49,4%

41,98%

47,5%

77,2%

64,4%

25,5%

21,9%

Total palabras

61.112

62.432

90.753

74.840

63.303

83.928

106.714

Total palabras distintas

10.654

9.614

11.946

13.824

 

12.652

14.991

Total anglicismos

191

218

114

295

236

73

77

Porcentaje de anglicismos

1,79%

2,26%

0,95%

2,13%

 

0,57%

0,51%

 

Un periódico serio y de calidad como los estudiados suele contener como mínimo 60 páginas bien grandes en formato papel. En su formato digital, al guardar artículos de días anteriores, puede contener entre 150 y 200 páginas en formato Word y fuente Times New Roman 12. Como en cualquier diario importante se tratan todo tipo de temas, el vocabulario empleado refleja con precisión la lengua del momento. A pesar de haber analizado solamente un ejemplar por cada lengua, creemos que nuestro estudio es representativo por la cantidad de páginas examinadas, y por la cifra de términos que contiene. Además confirma los resultados de nuestros otros corpus de prensa que figuran en los capítulos respectivos.

 

No todos los datos del cuadro son completamente homogéneos porque, aunque se han analizado todos los artículos presentes el día elegido, la cifra de palabras analizada no es la misma (va, por ejemplo, desde las 61.112 del diario belga en neerlandés  De Standaard hasta las 114.077 de El País). Para conocer, la cifra total de palabras hemos empleado el programa de tratamiento de textos Word. Para saber cuántas palabras distintas hay en cada documento (excluyendo sus repeticiones) hemos usado el contador de frecuencia de palabras en textos escritos de la ciberpágina www.ocmseo.es y el de www.textalyzer.com. Conociendo la cifra total de palabras distintas, podemos deducir el porcentaje de anglicismos que hay en cada ejemplar analizado mediante una simple regla de tres. No hemos podido obtener datos porcentuales para Izvestia pues el programa empleado con los otros periódicos no funciona con el alfabeto cirílico, pero si extrapolamos, su porcentaje estaría cerca del 2,26% del periódico neerlandés De Volkskrant, que tiene prácticamente el mismo número de palabras (62.432 frente a 63.303 de Izvestia) y algunos anglicismos menos (218 frente a 236 de Izvestia).

 

Los resultados muestran que donde más abundan los anglicismos crudos es en el diario digital de los Países Bajos De Volkskrant (2,26%), seguido muy de cerca por el Corriere della Sera (2,13%)[6] y, probablemente, por el ruso Izvestia. El Corriere es también el periódico que contiene más artículos con anglicismos: dos tercios del total. Los periódicos españoles analizados, El Mundo y El País,  muestran un porcentaje muy inferior al de los extranjeros con 0,57 y 0,51% respectivamente[7]. Aunque los porcentajes sean relativamente bajos, las cifras absolutas son muy altas y van desde los 73 de El Mundo y 77 de El País, hasta los 236 de Izvestia y 295 del Corriere della Sera.

 

Estamos convencidos de que la prensa es el principal medio de introducción, difusión y legitimación de extranjerismos por delante de la televisión por las siguientes razones: (1) la palabra escrita permanece mientras que la oral desaparece; (2) las cifras de anglicismos en la prensa escrita son mucho mayores que las de la televisión; (3) la memoria visual es mucho más potente que la auditiva.

 

En relación con la enorme difusión de un término usado y popularizado por los periódicos en centenares de miles de ejemplares o leído en sus ediciones digitales, cualquier mensaje oral, aunque se emita por televisión, no deja de ser un hecho sin consecuencias. En todo el mundo, el lenguaje de la prensa escrita ha adquirido un prestigio que lo ha convertido hoy día en un modelo lingüístico de referencia con función normativa. El prestigio y la autoridad de la palabra escrita o impresa se deriva del hecho de que compromete más que la oral, porque el escribir es más reflexivo que el hablar y permanece como documento. Toda la cultura occidental se basa en documentos escritos o impresos. La palabra en la televisión o en la radio, apenas dicha, se pierde por lo que su posibilidad de asimilación es reducida, mientras que la de la prensa es duradera, documental y de ahí la mayor posibilidad de asimilación. 

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Además, la prensa escrita se ha convertido en el principal canal de transmisión de anglicismos pues, por una parte, la cifra de anglicismos que se oyen por televisión es muy inferior a la de la prensa escrita, como podemos comprobar cotejando las estadísticas de anglicismos en la televisión francesa de la asociación DLF[8]  (Defensa de la lengua francesa)  y las de nuestros corpus de anglicismos en telediarios de las televisiones rusa, francesa, belga, italiana y española con los corpus de prensa de algunos lingüistas que hemos reproducido en sus respectivos capítulos y que muestran el porcentaje de anglicismos en el lenguaje de la prensa, o con los resultados de nuestros corpus propios de prensa (Véase el cuadro II). Un mes de escucha de la Asociación DLF en los canales TF1, Arte, Canal +, France 2, France 3, France info, France musique y Radio classique, en enero del 2009 detecta solamente 37 anglicismos innecesarios, principalmente en programas de noticias y actualidad. Nuestro corpus de escuchas de telediarios de cuatro lenguas nos da una media de entre 1,5 y 6,4 anglicismos por emisión como podemos ver en el Cuadro III  más abajo que conviene comparar con el Cuadro II (Corpus de anglicismos crudos en la prensa de 5 países europeos). Sin embargo, como sabemos, la media diaria de anglicismos crudos por ejemplar en los diarios extranjeros analizados oscila entre 114 y 295, aunque en España la cifra sea mucho menor, 73.


 

 

Cuadro III: Corpus de anglicismos crudos en telediarios de 6 países europeos

 

 

Francia

Bélgica en francés

Bélgica en neerlandés

Países Bajos

Italia

Rusia

España

Telediarios analizados

6

6

6

6

6

6

12

Anglicismos crudos

12

26

38

24

41

28

18

Anglicismos por emisión

2

4,33

6,33

4

6,83

4,4

1,5

 

Hay quien dice que la televisión llega a más hogares que la prensa, que su público es mucho mayor y que, por consiguiente, también lo es su influencia. Sin embargo, las estadísticas y nuestro estudio desmienten esa afirmación. La difusión media diaria de El País en su edición impresa fue de 365.117 ejemplares en el año 2011, y la de El Mundo, de 252.729 según datos de la Oficina para la Justificación de la Difusión[9]. Además, las cifras mensuales de lectores de las ediciones digitales de El País y de El Mundo (los periódicos más leídos en España) son de 8.000.000 el primero y 7.300.000 el segundo. En tercer lugar, con 4,7 millones de usuarios, está 20minutos.es y el cuarto, quinto y sexto puesto lo ocupan por este orden ABC (4,5 millones de usuarios), La Información (3,4) y La Vanguardia (3,1).[10] La media diaria del primer periódico digital asciende, pues, a 266.000 lectores. Por consiguiente, no se puede decir que las cifras de lectores de la prensa escrita sean pequeñas o mucho menores que las del telediario. En efecto, si sumamos las cifras de lectores de las versiones impresa y digital de los dos primeros diarios españoles, el resultado total alcanza el millón de lectores. Por su parte, 1.800.000 personas ven a diario las noticias de TVE según informó esta institución en su telediario de las 15.00h del 1.8.2012. Las cifras de televidentes y lectores que acabamos de mencionar junto con los resultados de nuestros corpus conforman nuestra afirmación de que la prensa es la introductora de anglicismos crudos por excelencia. Por último, un examen superficial del tipo de anglicismos en telediarios nos dice que en este medio se emplean únicamente cuando están verdaderamente arraigados y solo en algunos casos cuando todavía no lo están.

 

En resumen, hemos demostrado la responsabilidad de los periodistas en la degradación y empobrecimiento de las lenguas nacionales por su empleo desmesurado de anglicismos crudos innecesarios por las siguientes razones: (1) es un hecho indiscutible que la prensa escrita es la vía principal de entrada de anglicismos crudos y semánticos en las lenguas estudiadas, como hemos probado en los capítulos dedicados a la prensa y en esta conclusión; (2) la prensa influye más que la televisión pues es palabra escrita. (3) la diferencia entre la cantidad de anglicismos crudos en prensa y televisión es enorme puesto que la media por telediario en cualquiera de las lenguas estudiadas oscila entre los 1,5 de España y los 6,5 de Italia mientras que en la prensa oscila entre los 73 de España y los 295 de Italia; (4) los periodistas se han convertido inmerecidamente en maestros de la lengua y en referencia lingüística de la población. Los lectores la consideran un modelo y la imitan. Sus anglicismos crudos y errores de traducción pasan al subconsciente colectivo; (5) en el ámbito lingüístico la prensa no es democrática. No atiende a la voluntad del pueblo que es contrario al empleo masivo de anglicismos crudos y a menudo no cumple su función de informar a causa de la proliferación de anglicismos que no se entienden y de errores de traducción que perturban la comunicación; (6) los periodistas se ven obligados a hacer de traductores, y no traducen o traducen mal al no tener la formación necesaria; (7) en las lenguas estudiadas no hay orientaciones generales para los periodistas sobre el empleo de anglicismos pues no existen libros de estilo ni directrices de la dirección del periódico sobre el empleo de anglicismos con la excepción de Canadá. Tampoco se exigen responsabilidades a quien usa anglicismos innecesarios (a veces desmesuradamente en un mismo artículo) cuando hay equivalentes nacionales. Sin embargo, sí que se le exigirían al periodista que constantemente cometiera errores de ortografía.

 

Por último, presentamos un estudio comparado de la evolución en la entrada de anglicismos crudos y de los errores de traducción cometidos en los dos primeros periódicos de España por número de lectores:

 

Cuadro IV: Anglicismos y errores de traducción en tres corpus de prensa española de los diarios El País y El Mundo

 

 

1998-2000

2008

2012

 

Ejemplares analizados

22.000

Ejemplares analizados

1180

Ejemplares analizados

22

 

Anglicismos crudos

11.247

Anglicismos crudos

4494

Anglicismos crudos

1150

 

Errores de traducción

2.863

Errores de traducción

2254

Errores de traducción

882

 

Anglicismos/Ejemplar

0,62

Anglicismos/Ejemplar

22,74

Anglicismos/Ejemplar

775

 

Errores de traducción por ejemplar

1,43

Errores de traducción por ejemplar

11,41

Errores de traducción por ejemplar

441

 

Hemos analizado conjuntamente los dos periódicos más vendidos de España: El País y El Mundo en varios periodos con el fin de comparar los resultados españoles con los extranjeros y la evolución en la importación léxica en la prensa española. En nuestro primer corpus, comprendido entre los años 1998 y 2000 hemos analizado unos 2.000 ejemplares, y hemos encontrado 1.247 anglicismos crudos, y otros 986 extranjerismos, principalmente galicismos. Asimismo, hemos detectado 2.863 errores de traducción de lenguas diversas pero principalmente del inglés y del francés. Las medias anuales en ese periodo de tres años son las siguientes: 744 extranjerismos de los que 415 son anglicismos, y 954 errores de traducción; las medias diarias, como vemos en el cuadro, son 0,62 y 1,43 respectivamente. Unas cifras que confirman una escritura de calidad y que son de esperar en periódicos serios que no desean introducir anglicismos y cuidan la lengua en que escriben. Por consiguiente, pocos de esos anglicismos arraigarán en la lengua española o entrarán en el diccionario, puesto que no ha habido voluntad de uso, y los que se incorporen deberían ser los verdaderamente necesarios. Además, muchos de ellos serán traducidos o hispanizados. Eso es lo que ha sucedido en la lengua española desde el final de la Segunda Guerra Mundial: una importación cuidadosa y un uso moderado de anglicismos, principalmente de los necesarios o justificados. Sin embargo, en los tres meses analizados en el año 2008, entre octubre y diciembre, se observa ya un incremento moderado: tras examinar 90 ejemplares del diario El País y 90 de El Mundo, hemos encontrado 494 anglicismos crudos y 254 errores de traducción. Las cifras de anglicismos crudos han subido moderadamente con respecto al periodo 1998-2000, mientras que las de errores de traducción se mantienen: 1,41 errores de traducción del inglés y 2,74 anglicismos crudos por ejemplar. Sin embargo, la conclusión es la misma: esas cifras no demuestran premeditación en el empleo de anglicismos crudos, sino imposibilidad de encontrar una solución ante la presión del inglés. Las cifras anteriores contrastan con las cifras del 2012 que son alarmantes por el incremento exponencial que suponen. A pesar de haber analizado un solo día, sabemos por nuestra lectura diaria de esos dos periódicos y porque estamos confeccionando un corpus diario desde hace años, que son un reflejo de la tónica general. Tenemos en ese día 75 anglicismos crudos y 41 errores de traducción en cada ejemplar.

 

A pesar de la diferencia todavía existente entre la cantidad de anglicismos en la lengua española y las lenguas estudiadas, los datos españoles son de mal agüero y muestran la vía por la que se han encaminado los periodistas españoles: la misma que han recorrido sus colegas europeos desde hace muchos años: el empleo desmesurado de anglicismos crudos innecesarios. No olvidemos que El Mundo y El País son los periódicos más vendidos de España y la imagen de la lengua española en el extranjero. Las comparaciones entre la prensa y la televisión son inevitables: los periódicos son empresas privadas y la televisión (el canal público estudiado) una empresa pública. Sin embargo, El País y El Mundo  representan a todos los españoles e incluso a todos los hispanohablantes y la responsabilidad de sus periodistas es muy alta. Cifras tan altas no se pueden tolerar por razones de imagen, de prestigio, culturales y económicas.

 

El inglés es inevitable. Está en todas partes y para la mayoría de los que no han estudiado inglés como primera lengua en la escuela, o sea, para la inmensa mayoría de los españoles, supone un gran problema. Un factor importantísimo en todas las lenguas estudiadas sin el cual no habría sido posible la entrada en masa de anglicismos innecesarios como demuestra el caso de España (la excepción que confirma la regla) fue la acogida entusiasta de la población de Europa Occidental al final  de la Segunda Guerra Mundial, e incluso de la soviética desde la década de los ochenta del siglo pasado y sobre todo desde su desaparición en 1991. En resumen, en todas las lenguas estudiadas el inglés ha encontrado un caldo de cultivo favorable: la posguerra  y el favor de la población local. EE. UU. arrasó por su modo de vida y por lo que mostraban sus películas, el modelo al que aspiraban pueblos destrozados. Solo hubo reacción en Francia, antigua potencia lingüística mundial destronada en Versalles, y solo ese país junto con Canadá y secundado por Bélgica se resistió y consiguió reducir el flujo masivo de anglicismos crudos. Los Países Bajos fueron el reverso de la moneda con su política anglófila y fomento del inglés, como demuestran sus acciones y sus cifras.

 

En España no ha habido anglomanía como en todos los países estudiados. Quizás por el antiamericanismo de la sociedad española relacionado con la manera en que se perdieron Cuba, Puerto Rico y Filipinas a finales del siglo XIX, y con el aislamiento de la España de Franco después de la Guerra Civil Española. Durante muchos años (y todavía hoy día) estuvo mal visto en España emplear anglicismos y nuestra Real Academia y una empresa privada, la Agencia EFE primero y Fundeu después, tomaron medidas para contener la importación del inglés, como la edición de libros de estilo, la creación del Departamento de Español Urgente, la publicación del Diccionario Panhispánico de Dudas y los pronunciamientos de académicos de la lengua. Por esa razón, se han hispanizado o se han traducido muchos anglicismos crudos. Prueba de ello es que en el diccionario de la Real Academia solo hay 692 anglicismos crudos sobre un total de más de 83.000 entradas mientras que en los diccionarios de las lenguas estudiadas oscilan entre los 3.000 de la lengua francesa y los 7.000 de la lengua neerlandesa. Aún así, en el caso español muchos de ellos se podían haber traducido y otros tenían equivalente español. Los anglicismos crudos que en el pasado se leían en nuestros periódicos o se oían en nuestra televisión, eran más una prueba de incapacidad de encontrar una solución (pues voluntad había) o fruto del error (pues la media de anglicismos crudos y errores de traducción en nuestra prensa estaba entre 2 y 3 diarios), que fervor por la lengua inglesa. Sin embargo, después de esas cifras a finales del siglo XX e incluso casi al final de la primera década del siglo XXI, en el año 2008, en estos momentos, los periodistas españoles se están poniendo a la altura de sus colegas europeos a pasos de gigante.

 

Por consiguiente, convendría realizar un estudio exhaustivo de anglicismos crudos y errores de traducción en la lengua española peninsular al estilo de los realizados por la Maison de la Francité en Bélgica o Droit de Comprendre en Francia. Posteriormente, el Gobierno de España, los medios de comunicación y la publicidad, podrían tomar medidas de protección y fomento de nuestra lengua frente a la influencia del inglés por medio de, entre otros, la creación neológica, la traducción y la revisión en prensa tomando como modelo las mejores prácticas de Francia y Canadá.

 

Podemos resumir nuestra conclusión en trece ideas básicas:

 

1. La importación masiva de léxico inglés en los países estudiados es consecuencia directa de la victoria en una guerra y de la liberación de los países ocupados (la de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial contra la Alemania nazi; la guerra entre Francia e Inglaterra en Canadá en el siglo XVIII y la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética) y de la subsiguiente superioridad política y económica de un país, de Inglaterra sobre Francia primero, y de Estados Unidos, después, sobre los demás. Esa importación léxica no tiene precedentes en la historia de la humanidad por su extensión geográfica, por la variedad de los transmisores de anglicismos, y porque la inmensa mayoría de los términos importados tiene equivalente en las lenguas importadoras y supera en mucho a los verdaderamente necesarios.

 

2. Las lenguas europeas estudiadas han sentido en mayor o menor medida en todos sus ámbitos lingüísticos la influencia del inglés, sea por importación léxica sea por sustitución de la lengua nacional por el inglés. Cualquier ámbito de las lenguas nacionales es susceptible de contener anglicismos puesto que cualquier término inglés puede ser importado. Las causas de la importación son múltiples y mucho más variadas que en otras importaciones lingüísticas anteriores cuando las razones eran de necesidad (llenar un vacío léxico en la lengua receptora) y en menor medida estéticas. Las causas actuales pueden ser voluntarias (afán de lucro y de prestigio) e involuntarias (incompetencia o ignorancia).

 

3. Podemos afirmar basándonos en los datos expuestos en esta tesis y en las declaraciones de lingüistas de todas las lenguas estudiadas que la importación de anglicismos no ha disminuido desde que comenzó tras la Segunda Guerra Mundial sino que se mantiene, y que si bien es cierto que algunos anglicismos caen en desuso o son traducidos, otros nuevos ocupan su lugar.

 

4. Los principales introductores de anglicismos en las lenguas nacionales son la prensa y la publicidad comercial. Se puede afirmar que en las lenguas analizadas existe una política lingüística oculta, consciente o inconsciente, de los medios de comunicación escritos, que consiste en la importación masiva de anglicismos innecesarios, y que ha supuesto el mayor factor de cambio en todas las lenguas analizadas en el siglo XX. Sin embargo, los periodistas no creen que el empleo de anglicismos crudos sea un problema. De los resultados de nuestros análisis de telediarios y de las afirmaciones de algunos lingüistas se puede deducir que la televisión solo emplea anglicismos arraigados y recurre a los nuevos en caso de necesidad, o por error.

 

5. Se suele atribuir al pueblo la responsabilidad en los cambios lingüísticos y en la aceptación de anglicismos crudos. Sin embargo, al menos la mitad de la población de los países estudiados se opone a la anglización de su lengua porque no entiende inglés, no le gusta o simplemente porque considera que se da una agresión lingüística y cultural. Son los periodistas, los directores y los propietarios de periódicos los actores más importantes en la introducción, propagación y legitimación de anglicismos crudos innecesarios y semánticos. Estos dos tipos de anglicismos se introducen en el subconsciente colectivo de los lectores, pues la prensa es considerada maestra del idioma y los periodistas, modelos lingüísticos. Por esa razón, los errores de una generación se convierten en la norma de la siguiente.

 

6. Los porcentajes de anglicismos crudos en prensa son relativamente bajos (no superan el 3%), y en televisión son muy bajos. Sin embargo, las cifras absolutas son muy altas en la prensa escrita (hasta 295 por ejemplar en el caso de Italia) y gran parte de esos anglicismos crudos innecesarios pasa al uso desahuciando a los términos nacionales equivalentes y entrando en los diccionarios. El empleo de esos anglicismos causa incomprensión en lectores y oyentes. Hay que tener en cuenta que los periódicos analizados se encuentran entre los más prestigiosos en las lenguas analizadas y los telediarios son de cadenas públicas. Es muy probable que si se hubieran analizado telediarios de cadenas privadas y revistas especializadas el porcentaje hubiera sido mucho mayor. En ninguna de las lenguas analizadas, hay ningún tipo de control sobre lo que escriben los periodistas (nos referimos a la forma y no al fondo) salvo en Québec.

 

7. Las cifras de anglicismos en los diccionarios de uso más prestigiosos de las lenguas estudiadas sorprenden si se las comparan con los 692 del Diccionario de la Real Academia Española: 3.000 en el Petit Robert de la lengua francesa, 5.500 en el Gradit de la lengua italiana y 7.699 en el Groot Van Dale de la lengua neerlandesa. Desgraciadamente, ni la editorial del diccionario de uso más prestigioso de la lengua rusa Ollegov ni especialistas de esa lengua han realizado un estudio similar sobre palabras de origen inglés en ese diccionario y, por consiguiente, no podemos ofrecer esos datos. Las cifras más bajas de anglicismos en las lenguas estudiadas se encuentran en la lengua francesa, probablemente, como han apuntado otros filólogos, gracias a la política de creación neológica del gobierno francés.

 

8. Todos los lingüistas estudiados aceptan el préstamo léxico necesario siempre que se adapte a la fonética y la grafía de la lengua nacional, y la mayoría está en contra de la importación léxica desmesurada de anglicismos innecesarios que ha dividido a las sociedades estudiadas en dos: una parte que los acoge con entusiasmo y otra que no los entiende, y se opone indignada a su empleo. Estos últimos han reaccionado creando asociaciones de defensa del idioma y presentando propuestas de sustitutos para esos anglicismos crudos. Al mismo tiempo, en varios países estudiados han surgido iniciativas legislativas o sociales de protección de la lengua nacional que se han plasmado en la creación de organizaciones públicas o privadas de defensa del idioma y creación neológica que presentan alternativas nacionales a los anglicismos.

 

9. La influencia del inglés ha sido un factor de empobrecimiento, de frenada al desarrollo, de obstáculo a la comunicación en otras lenguas y ha tenido consecuencias negativas sobre la lengua, la cultura y el pueblo de los países estudiados.

 

10. Salvo en Francia, Québec y Bélgica, es decir, en la lengua francesa, los organismos reguladores de las otras lenguas analizadas, a pesar de su presupuesto y burocracia, se han visto impotentes para solucionar el problema que han planteado en sus lenguas los anglicismos crudos innecesarios. En los últimos años, en Rusia (2006) y en Italia (2008) se intentan seguir los pasos dados en el pasado por Francia y Canadá en defensa de la lengua francesa frente al inglés. En el primer país, por medio de un comité terminológico y en el segundo, por la creación de un organismo de defensa de la lengua encargado de la creación neológica. Sin embargo, en los Países Bajos y en la Bélgica de lengua neerlandesa los Gobiernos no han tomado ninguna medida de contención.

 

11. Las cifras y porcentajes de anglicismos en la lengua española son muy inferiores a las de las lenguas europeas estudiadas. Basta con comparar, en primer lugar, la cifra de anglicismos que contiene el DRAE con las de otros diccionarios de las lenguas analizadas y en segundo lugar, la de nuestros corpus de los diarios El Mundo y El País con las de nuestros corpus propios de los periódicos de esas lenguas. Nuestros datos corrigen a la baja las cifras de algunos lingüistas europeos como Bogaards (que se basa en datos del DEA de Görlach) y de otros, que afirman que el grado de anglización de la lengua española es similar o ligeramente inferior al de las lenguas analizadas, y al alza, las cifras de anglicismos en las lenguas francesa, italiana y neerlandesa. Además, enmiendan considerablemente las conclusiones de Bogaards sobre la cantidad de anglicismos en las lenguas estudiadas.

 

12. No obstante, se ha observado un crecimiento inaudito en la cifra de anglicismos crudos en esos dos diarios españoles en los últimos años a juzgar por la comparación entre los resultados de nuestros corpus de 1998-2000, 2008 y 2012.

 

13. Si bien es cierto que Estados Unidos ocupa merecidamente el primer puesto en la clasificación mundial en música moderna, información, cine, tecnología, ciencia, etc, también es cierto que se observa un monopolio asfixiante de EE. UU. en todos esos ámbitos lo que da a entender que el consumidor no es verdaderamente libre de elegir cine, música, información, etc,  de otros países. Ese monopolio tiene consecuencias sobre la lengua de otros países.

 

 

 


 


 



[1] Groot etymologisch woordenboek.

 

[2] Véase el apartado 2.2.2., “Consecuencias del uso del inglés en las empresas”.

[3] “Glosario de inglés innecesario”.

[4] En dos casos, no disponemos de datos y hemos dejado la casilla en blanco.

[5] V. apartado 5, “Conclusión” del capítulo III.

[6] Son también los diccionarios de uso de estas dos lenguas los que contienen más palabras de origen inglés: 7.699 y 5.510 respectivamente.

[7] Además, el diccionario de la lengua española (DRAE) es el que menos anglicismos contiene, alrededor de un 1%.

[8] Véase el Anexo V (francés).

[9]“El País gana ventaja como líder de la Prensa”, El País, Madrid, Sociedad, 25.1.2012.

 

 

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